El poli me está mirando.

En otras circunstancias, esto me preocuparía, pero no he hecho nada. Soy inocente. Al menos hoy, soy del todo inocente. Por eso, no hago caso y sigo caminando.

Hay una manifestación aquí al lado, pero no he tomado parte en ella. Ni siquiera sé de qué iba. Hoy en día no faltan motivos para manifestarse, pero nada hace pensar que las reivindicaciones sean escuchadas. En cualquier caso, nadie podrá acusarme de haber estado allí. Bastante tengo con tratar de conseguir algo de comida o dinero para comprarla. Mendigar es un trabajo realmente duro. Puedes dirigirte a cien personas hasta que una de ellas se digna a mirarte. Y eso no te asegura un donativo. Es como un trabajo de comercial pero sin nada que ofrecer a cambio y con ropas viejas por único uniforme.

El poli me está siguiendo.

Puedo verlo reflejado en las superficies metálicas que, a este lado del puente, aún permanecen limpias y brillantes. Viene tras de mí, pero no demasiado cerca. Tal vez cree que no me he percatado. Si quisiera, sería un juego de niños despistarle entre estas calles llenas de gente. Pero no siento el menor deseo de jugar. Así que me encojo de hombros y continúo caminando en dirección al puente, hacia el barrio.

El barrio no es el paraíso. Pero es el lugar donde vivo. Un lugar donde volver, donde lamerse las heridas diarias, donde dormir en espera de una mañana diferente que nunca llega.

Hubo un tiempo en que era un barrio como cualquier otro, pero eso cambió. Ahora todos los comercios están cerrados, no hay gente paseando por las calles, el autobús de línea no tiene parada allí y hasta los coches de policía, que ocasionalmente pasan por la avenida, lo hacen en silencio y sin intención de detenerse. Las fachadas grises son el vivo reflejo de la decadencia.

Cuando cruzas el puente, hasta el mismo cielo se oscurece. O esa es la sensación que se tiene.

Por eso me sorprende que el poli continúe siguiéndome. No me hace falta verlo para saber que está ahí, a la distancia justa para no perderme de vista. Cuando llego al final del puente, lo compruebo con una rápida mirada de reojo. En efecto, camina lenta pero resueltamente hacia este lado. Acelero un poco el paso.

No es que las casas estén deshabitadas. Todos los pobres de la ciudad viven aquí. Cuando el barrio comenzó a empobrecerse y todo el mundo se fue a otros lugares, las autoridades, desoyendo la historia, decidieron crear un gueto. Aquí no importa la nacionalidad ni la raza. Todos somos la misma persona, si persona es la palabra. O más bien el mismo naufragio interminablemente repetido. Sobrevivimos mendigando, saqueando contenedores de basura o incluso, en algunos casos, hurtando comida en los supermercados del Centro. Otros, los más afortunados, reciben algún tipo de subsidio o ayuda económica por parte de las instituciones. Pero también eso es un espejismo: antes o después, el subsidio se acaba y la realidad retorna a nuestras vidas, contundente, implacable, cruel.

El poli me sigue por estas calles sucias. No parece dispuesto a renunciar a su objetivo, sea cual sea. Podría esconderme en un portal cualquiera, pero no lo hago. Atravieso la plaza, cuya fuente ya no mana como antaño. Casi sin darme cuenta, llego al callejón. Veo al fondo la tapia, coronada de cristales. Cierro los ojos y deseo que el poli haya dado media vuelta.

Pero no lo ha hecho. Cuando me giro, lo veo avanzar muy despacio hacia mí. Está sonriendo. Se detiene a unos cinco metros y me mira de arriba abajo, con aire de superioridad. Tal vez ya haya hecho esto antes, pienso. Me siento incapaz de mirarle a los ojos.

Se acerca un paso, luego otro. Mi espalda se apoya en la tapia y no hay salida. Él sonríe mirando mis tetas, que se mueven al compás de mi respiración agitada. Es entonces, en el momento justo en que alarga la mano hacia mí, cuando el callejón se llena de ruidos. Su sonrisa desaparece. Gira la cabeza solo para comprobar que rostros sucios y desfigurados le rodean. Me mira, como buscando una respuesta, una explicación. Pero yo no tengo nada para él. Me encojo de hombros y ni siquiera siento pena como las otras veces.