Es curioso como funciona la sociedad. Cuando yo era un niño solía ver las mismas películas una y otra vez. No es que no hubiera más pelis buenas entonces que ahora, había igualmente buenas y malas películas. Pero por un lado, por su propia idiosincrasia los niños suelen ver las mismas cosas de forma machacona una y otra vez y por otro, creo que en los ochenta y principios de los noventa (probablemente hasta 1991) se desarrollaron una serie de películas con un idioma, un estilo y una forma de expresión capaz de llegar a mucha gente independientemente de su trasfondo, su forma de entender la vida y sus gustos o inquietudes. Existía un ambiente de confianza en el sistema social y de inocencia que actualmente se ha perdido. Fue el nacimiento del “cine palomitero” de las grandes masas, y una de sus épocas más doradas y prolíficas, cuyo director más influyente fue sin lugar a dudas Steven Spielberg.

Actualmente estamos en la era audiovisual. Hay observatorios que dicen que se producen tres veces las películas y series que hace veinte años. Concretamente en lo que a series respecta vivimos su era más dorada con presupuestos que rivalizan grandes producciones de Hollywood con actores de primera fila. Pero, sin embargo, al mismo tiempo vivimos una especie de bombardeo mediático tan brutal y salvaje que es como si nada de lo que vemos realmente nos calase hondo, y nuestras sobreestresadas sinapsis neuronales tan sólo estuviesen esperando al siguiente chute de imágenes por segundo. Es decir, nos han sobreexcitado tanto en dosis de imágenes por día, que ya nos han creado una necesidad. Precisamente ese auge de las series viene dado bajo mi punto de vista por una menor cantidad de tiempo continuado disponible de la gente en el día a día (periodos de ocio más cortos, que impiden disfrutar un formato más largo como el de las películas tradicionales) así como una menor exigencia de “compromiso” intelectual (si me cansa una serie, la dejo y empiezo a ver otra).

Sin embargo hace treinta años eso no era así. Películas como Indiana Jones, La Guerra de las Galaxias, Los Goonies, los Critters, Pesadilla en Elm Street o los Gremlins creaban un gran impacto cultural. Tras su paso por los cines las películas se alquilaban una y otra vez en los videoclubes. Prueba de ello son las diversas secuelas que cada película ha generado contando la continuación de la historia planteada por la película original. ¿Hoy no se hacen secuelas? ¡Claro que sí! Pero desde luego las películas, salvo contadas excepciones que siempre hay, no tienen la influencia o el impacto en la cultura popular de antes. O esa es mi sensación. Es más, actualmente hay un regreso a los 80. Se están planteando de diez años a esta parte nuevas secuelas de películas que llevaban muchísimo tiempo paradas. Mad Max acaba de estrenar nueva entrega (Mad Max: Fury Road, 2015, George Miller) y se prepara una nueva entrega, o un remake, de Los Cazafantasmas (Ghost busters, 1984, Ivan Reitman) con un elenco femenino de actrices.

¿Y cuál es la razón de todo esto? Desde luego hay que mencionar como causa principal una crisis de creatividad en Hollywood. Y también un miedo al riesgo, a que ideas o argumentos nuevos puedan ser un fracaso económico. Los productores probablemente temen perder sus duramente ganados millones de dólares y prefieren seguir ganando más con fórmulas probadas, pero también creo que tras un periodo duro de crisis económica en la sociedad desde el año 2007 se añora esa inocencia y simplicidad de las películas de esa época al igual que en su momento supuso un soplo de aire fresco frente a los grandes debates sociales y el postmodernismo de los años 70. Supone una válvula de escape sencilla y entretenida a la dura realidad. Al fin y al cabo el cine siempre ha cumplido esa función y si lo desproveemos de debate intelectual, crítica social y dejamos su esencia, es un producto artístico de entretenimiento. Siempre lo ha sido, pero parece que en este momento esa simple función cobra más importancia. Al final, la sociedad siempre es cíclica. Nihil novum sub sole.